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3 Relatos para Halloween (recopilación de Jesús I. Mateo Candil)

 EL HOMBRE ALTO

27 de agosto de 2016.

Llevamos todo el día caminando junto al río. Era verano y hacía calor, pero el cielo estaba nublado, por lo que aquel bosque de árboles grises tenía un aspecto triste. Además, estábamos cansados y hambrientos.

Cuando llegamos a las ruinas, los monitores ordenaron que nos detuviéramos. Inmediatamente soltamos las mochilas y nos dispusimos a acampar. Echamos un vistazo al lugar. Las ruinas nos parecían muy viejas, y aún se distinguían los contornos de los pasillos y las habitaciones entre la maleza. Algunos postes y vigas de madera sobresalían aquí y allá como las costillas de un esqueleto.

Hicimos una hoguera y nos sentamos alrededor. Por algún motivo, todos hablábamos más bajo de lo habitual. Algunos mirábamos de vez en cuando hacia el bosque, como para comprobar que nadie nos observaba oculto entre los árboles. Comimos unos bocadillos y tostamos nubes de azúcar en la fogata.

Se hizo de noche. Cantamos un poco, pero estábamos demasiado cansados o tal vez inquietos. Parecía que el bosque se comía las canciones, y la música sonaba apagada y algo triste. Andrea, sentada a mi lado, miraba al fuego fijamente.

-          Yo ya he estado aquí -dijo-. Vine una vez con mis padres. Fue raro.

-          ¿Sí? ¿Porqué? -respondí.

-          Mi padre tenía un hermano que murió joven. Yo solo sabía que había muerto ahogado. Esa noche me enteré de que fue cerca de aquí punto en el río. Mi padre quería recordar a su hermano coma traer unas flores a este lugar… esas cosas.

-          ¿Justo en ese lugar?

-          Sí, aquí mismo. Estas son las ruinas del campamento de verano al que venía mi padre con su hermano. Como te puedes imaginar, mi padre estaba muy triste. Plantamos la tienda de campaña ahí detrás. Yo me metí dentro a dormir, pero no podía. Oía hablar a mi padre: contaba historias de cuando acampaba aquí. Dijo que, de noche, cuando los monitores dormían, unos cuántos chicos se escapaban a una isla que estaba en medio del río. Ir allí estaba prohibido, pero ellos cruzaban nadando bajo la luz de la luna y organizaban reuniones secretas. Era la típica historia de padre, pero su tono era cada vez más… chungo.

-          ¿Chungo?

-          Sí, se veía que iba a contar algo malo, algo que ni mi madre sabía. Se me terminó de quitar el sueño. Y entonces mi padre empezó a hablar de la noche en que murió su hermano. Y de un hombre vestido de negro, muy delgado, un hombre sin cara. Así, cómo te lo cuento. Y hablaba totalmente en serio. Le temblaba la voz al contarlo. Mi padre decía que parecía imposible pero que aquel ser era casi tan alto como los árboles. No pudo ser una alucinación, porque todos los chicos lo vieron. Simplemente estaba allí cuando llegaron, de pie entre los árboles, mirándolos desde las cuencas vacías de sus ojos.

-          No puede ser.

-          Te aseguro que creía lo que contaba.

-          ¿Y qué pasó?

-          Corrieron hacía el río, aterrorizados, y empezaron a nadar hacia la orilla. Cuando llegó allí y salió de agua, mi padre comprobó que su hermano se había quedado en la isla. El pobre chaval caminaba hacia los árboles entre los que estaba el hombre alto. Desapareció entre ellos. Mi padre dijo que le llamó y le llamó. Como no se atrevía a regresar nadando a la isla, regresó al campamento y avisó a los monitores. Buscaron a su hermano durante toda la noche y dos días más. Al final, apreció ahogado cinco kilómetros río abajo. Cuando acabó de hablar, mi padre estaba llorando.

-          Uf. Vaya historia. Creo que preferiría no haberla escuchado. Al menos, no esta noche.

-          Lo siento -dijo Andrea-. Bueno, creo que me voy a la tienda de campaña.

Unos minutos después, estábamos todos tumbados dentro de los sacos. Yo no podía dormir. El bosque estaba lleno de ruidos y los pájaros nocturnos ululaban de forma siniestra. Pasó un rato. Algunos compañeros empezaron a roncar y, un poco después, sentí acercarse a alguien.

-          Oye -susurró-. Soy Leo. ¿Te apuntas a un plan secreto?

Leo es el tipo que organiza los mejores planes.

-          Bah, venga, hemos caminado durante todo el día -respondí.

-          Cobardica. Es una aventura genial.

-          Paso.

-          Tienes que venir. Si no, te juro que no te avisaré la próxima vez.

Salí del saco y me calcé las botas.

-          Vale. ¿Dónde vamos? -pregunté con temor.

-          Dicen que hay una isla aquí cerca, en el río. Es un sitio misterioso y que mola un montón. Venga, no seas cagueta. ¿Quieres que todos sepan que tienes miedito?

Y echó a andar entre los árboles en medio de la noche. YO fui detrás porque Leo, creo que ya lo he dicho, es el tipo que organiza los mejores planes.

De verdad.

Los mejores.

 

HIJO, Tomás, Creepypasta. Una investigación de @Pastacreeperx, Madrid: Ediciones SM, 2019, págs.15-19.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MUÑECO ROBERT

Extractos del expediente “Robert The Doll”, que se conserva en los archivos de la Key West Paranormal Bureau (Floridad, EE.UU)

1896.- Fecha probable de fabricación. Parece que no fue diseñado como juguete, sino como maniquí para el escaparate de una tienda de ropa infantil.

1903.- Key West, Florida, EE.UU. Una criada de la familia regala el muñeco a Eugene, el niño de la casa. Esto extraña a varios miembros del servicio, ya que la sirvienta odia al niño a causa de sus constantes caprichos.

1903.- Eugene se obsesiona con Robert. Como se trata de un muñeco de tamaño real, lo viste con uno de sus trajes de marinero. Lo lleva a todas partes y habla con él. El niño insiste en sentar a Robert a la mesa y en que comparte su cama.

1904.- La madre de Gene sorprende a la criada “practicando la hechicería en el jardín” y la despide.

1904.- Comienza a suceder cosas extrañas en la casa de los Otto: algunos objetos desaparecen, se rompen o cambian de lugar sin motivo aparente. Eugene repite la misma frase: “Ha sido Robert”. Los sirvientes declaran que escuchan a Gene hablar con alguien en su habitación, en mitad de la noche. Se distinguen “perfectamente” dos voces.

1906.- Varios sirvientes se despiden de la casa de los Otto asustados por “sucesos extraños”.

1915.- Por una cara de la señora Otto, sabemos que Robert sigue en poder de Eugene. Resulta extraño, puesto que Eugene debe de tener a esas alturas casi veinticinco años.

1918.- Un fontanero que trabaja en casa de los Otto avisa a la policía. Declara que hay intrusos en la casa. Se supone que no hay nadie allí, pero él escucha pasos y risas infantiles en la planta de arriba. La policía registra el edificio y no encuentra a nadie. El fontanero afirma que ha recorrido algunas habitaciones momentos antes y que hay cosas que han cambiado de sitio. Entre ellas, “ese horrible y enorme muñeco”.

1923.- Eugene Otto hereda la casa familiar. Para inquietud de los vecinos, coloca al muñeco en una silla junto a un ventanal. Algunos vecinos afirman que “mueve la cabeza”, que “sigue a las personas con la mirada” y que a veces abandona el lugar. Hay transeúntes que prefieren evitar la zona.

1933.- Un visitante afirma que ha tomado el té con Eugene Otto en su casa y que ha escuchado ruidos extraños. La explicación fue la esperada: “Ha sido Robert”.

1972.- Eugene Otto aparece muerto en su casa y es enterrado en el cementerio local. Su testamento no menciona el muñeco Robert.

1975.- La señora Myrtle Reuter compara la casa de los Otto. Encuentra allí algunas pertenencias abandonadas. Entre ellas un polvoriento muñeco de gran tamaño. Lo lleva al desván por su “aspecto inquietante”. Enseguida empieza a oír extraños sonidos que vienen de ese lugar.

1979.- La señora Reuter instala cerraduras en la puerta del desván. Afirma que ha encontrado varias veces a Robert en otras habitaciones de la casa. Sigue oyendo ruidos de vez en cuando pero decide no hacer nada.

1995.- La señora Reuter despierta a medianoche y encentra a Robert sentado a los pies de su cama, junto a un cuchillo de grandes dimensiones. Al día siguiente unos operarios del Museo Fort East Martello se llevan a Robert. En los documentos del museo consta: “Motivo de la donación: DESCONOCIDO”.

2018.- El muñeco Robert, algo carcomido, se expone en la actualidad en el citado museo. A menudo, el personal tiene que abrir la vitrina para colocar a Robert en su posición original, pues, inexplicablemente, esta ha cambiado. Muchos declaran que su expresión varía por momentos y, casi a diario, algún visitante del museo afirma que su teléfono se ha apagado de forma extraña justo cuando iba a hacerse un selfie con el “muñeco maldito”. Los empleados aconsejan que, para evitar esos sustos, se pisa permiso a Robert antes de hacer la foto.

 

HIJO, Tomás, Creepypasta. Una investigación de @Pastacreeperx, Madrid: Ediciones SM, 2019, págs.27-33.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA SOLA VEZ

Testimonio recogido en internet

La hija de los vecinos sabe muy bien qué tiene que hacer para que sus padres le hagan caso. Sea la hora que sea, en pleno día o en medio de la noche solo le hace falta gritar:

-          ¡Mamá! ¡Papá! ¡Socorro! ¡Un monstruo! ¡Está aquí!

Y sus padres aparecen corriendo asustados. Y miran bajo la cama y en los armarios.

Y la abrazan y le dan leche caliente. Normalmente, uno de los dos incluso se queda a dormir con ella.

La hija de los vecinos es una chica muy lista. Desde luego que sí. Tanto que empieza a pensar que sus padres exageran, que son unos blandengues. Una noche, después de una de sus “falsas alarmas de monstruos”, se echa a reír.

-Mamá, papá, sois unos miedicas. No sé por qué, pero siempre me creéis.

Los padres la miran un momento en silencio. Al final habla el padre:

 - Siempre te creemos porque a tu hermano, una vez, no lo creímos.

- ¿Hermano? ¿Qué hermano? ¡Yo no tengo hermanos!

- No. Ya no. Duerma, pequeña, duerme.

 

HIJO, Tomás, Creepypasta. Una investigación de @Pastacreeperx, Madrid: Ediciones SM, 2019, págs. 36 y 37.

XV Recreación Histórica de 2 de mayo de 1810

La participación del alumnado del IES Fuente Alta en la XV Recreación Histórica del 2 de mayo de 1810 de Algodonales Vía algodonales.es/dos de mayo/:




   Un grupo de estudiantes de 2º de secundaria del IES Fuente Alta de Algodonales se ha metido en la piel de sus antepasados para relatar en primera persona cómo vivieron el asalto a la villa durante la invasión francesa en mayo de 1810.
   Se trata de una actividad trasversal en la que han tomado parte los Departamentos de Historia y Lengua. Por un lado, los jóvenes han podido conocer en clase de Historia los hechos acaecidos durante la Guerra de la Independencia en Algodonales, mientras en clase de Lengua han plasmado en papel lo aprendido en forma de relato breve. Escritos todos en primera persona, a modo de diario, unos han optado por narrar las vivencias de un joven algodonaleño, mientras otros han preferido relatar lo sucedido a un guerrillero o incluso a un soldado francés.

Puedes leer los relatos siguiendo este enlace (haz clic en la imagen): 

https://www.flipsnack.com/2Mayo/relatos-algodonales-2-de-mayo-de-1810.html

 o consultándolos en la biblioteca del centro donde esta mañana los representantes del proyecto del Ayuntamiento de Algodonales nos han hecho entrega de un ejemplar:

Patricia Pérez y Antonio Rodríguez hacen entrega del cuaderno de cuentos impreso a la biblioteca del IES Fuente Alta.


También han traído a los participantes separadores temáticos para agradecer su colaboración, dos bolsas de regalos para los ganadores de las lustraciones de la portada,  y un azulejo conmemorativo.



 Muchas gracias y ¡enhorabuena a los ganadores!:
Paula Garzón Camacho y Alejandro Gruber García







Andrés Neuman en el IES Fuente Alta

 



"[...] Si pudiera retroceder a aquella época, lo único que haría es quedarme inmóvil, maravillada, contemplando la amplitud brutal del porvenir. Es lo más parecido a la felicidad que se me ocurre."

Fractura, Andrés Neuman





Twitter: @andresneuman

Facebook: @neuman.andres


Andrés Neuman en 10.000 libros:

Booktrailer de Fractura

Booktrailer del cuento: Las cosas que no hacemos


EL COCO: Lectura dramatizada en la Biblioteca

Lectura dramatizada en la biblioteca con motivo de Halloween:

EL COCO

NARRADOR
BILLINGS
DOCTOR
VOZ



BILLINGS:
—Recurro a usted porque quiero contarle mi historia
NARRADOR:
Dijo el hombre acostado sobre el diván del doctor Harper. El hombre era Lester Billings, de Waterbury, Connecticut. Según la ficha de la enfermera Vickers, tenía veintiocho años, trabajaba para una empresa industrial de Nueva York, estaba divorciado, y había tenido tres hijos. Todos muertos.
BILLINGS:
—No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice fue matar a mis hijos. De uno en uno. Los maté a todos.
NARRADOR:
El doctor Harper puso en marcha el magnetófono.
Billings estaba duro como una estaca sobre el diván, sin darle un ápice de sí. Sus pies sobresalían, rígidos, por el extremo. Era la imagen de un hombre que se sometía a una humillación necesaria. (…)
DOCTOR:
—Quiere decir que los mató realmente, o...
BILLINGS:
—No. Pero fui el responsable. Denny en 1967. Shirl en 1971. Y Andy este año. Quiero contárselo.
NARRADOR:
El doctor Harper no dio nada. Le pareció que Billings tenía un aspecto demacrado y envejecido. Su cabello raleaba, su tez estaba pálida. Sus ojos encerraban todos los secretos miserables del whisky.
BILLINGS:
—Fueron asesinados, ¿entiende? Pero nadie lo cree. Si lo creyeran, todo se arreglaría.
DOCTOR:
—¿Por qué?
BILLINGS:
—Porque...
NARRADOR:
Billings se interrumpió y se irguió bruscamente sobre los codos, mirando hacia el otro extremo de la habitación.
BILLINGS:
—¿Qué es eso?
DOCTOR:
—¿Qué es qué?
BILLINGS:
—Esa puerta.
DOCTOR:
—El armario empotrado. Donde cuelgo mi abrigo y dejo mis zapatillas.
BILLINGS:
—Ábralo. Quiero ver lo que hay dentro.
NARRADOR:
El doctor Harper se levantó en silencio, atravesó la habitación y abrió la puerta. Dentro, una gabardina marrón colgaba de una de las cuatro o cinco perchas. Abajo había un par de zapatillas relucientes (…). Eso era todo.
DOCTOR:
—¿Conforme?
BILLINGS:
—Sí.
NARRADOR:
Billings dejó de apoyarse sobre los codos y volvió a la posición anterior.
DOCTOR:
—Decía que si se pudiera probar el asesinato de sus tres hijos, todos sus problemas se solucionarían. ¿Por qué?
BILLINGS:
—Me mandarían a la cárcel. Para toda la vida. Y en una cárcel uno puede ver lo que hay dentro de todas las habitaciones. Todas las habitaciones.
NARRADOR:
Sonrió a la nada.
DOCTOR:
—¿Cómo fueron asesinados sus hijos?
BILLINGS:
—¡No trate de arrancármelo por la fuerza!
NARRADOR:
Billings se volvió y miró a Harper con expresión perversa.
BILLINGS:
—Se lo diré, no se preocupe. No soy uno de sus chalados que se pasean por el mundo y pretenden ser Napoleón (…) Sé que no me creerá (…).
DOCTOR:
—Muy bien.
NARRADOR:
El doctor Harper extrajo su pipa.
BILLINGS:
—Me casé con Rita en 1965... Yo tenía veintiún años y ella dieciocho. Estaba embarazada. Ese hijo fue Denny (…). Rita volvió a quedar embarazada poco después del nacimiento de Denny, y Shirl vino al mundo en diciembre de 1966. Andy nació en el verano de 1969, cuando Denny ya había muerto (…).
NARRADOR:
Harper emitió un gruñido neutro.
DOCTOR:
—¿Quién mató a los niños?
BILLINGS:
—El coco.
NARRADOR:
Respondió inmediatamente Lester Billings.
BILLINGS:
—El coco los mató a todos. Sencillamente, salió del armario y los mató.
NARRADOR:
Se volvió y sonrió.
BILLINGS:
—Claro, usted cree que estoy loco. Lo leo en su cara. Pero no me importa. Lo único que deseo es desahogarme e irme.
DOCTOR:
—Le escucho.
BILLINGS:
—Todo comenzó cuando Denny tenía casi dos años y Shirl era apenas un bebé (…). Verá, teníamos un apartamento de dos dormitorios. Shirl dormía en una cuna, en nuestra habitación [y Denny en la otra]. Al principio pensé que Denny lloraba porque ya no podía llevarse el biberón a la cama. (…)
>> (…) Entonces Rita dijo que repetía a cada rato "luz, luz". Bueno, no sé. ¿Quién entiende lo que dicen los niños tan pequeños? Sólo las madres lo saben.
>>Rita quiso instalarle una lámpara de noche. Uno de esos artefactos que se adosan a la pared con la figura del Ratón Mikey o de lo que sea. No se lo permití. Si un niño no le pierde el miedo a la oscuridad cuando es pequeño, nunca se acostumbrará a ella.
>>De todos modos, murió el verano que siguió al nacimiento de Shirl. Esa noche lo metí en la cama y empezó a llorar en seguida. Esta vez entendí lo que decía. Señaló directamente el armario cuando lo dijo. "El coco –gritó—. El coco, papá."
>>Apagué la luz y salí de la habitación y le pregunté a Rita por qué le había enseñado esa palabra al niño. Juró que nunca se la había enseñado. La acusé de ser una condenada embustera.
(…)
>>Bien, el niño me despertó a las tres de la mañana, puntualmente. Fui al baño, medio dormido, sabe, y Rita me preguntó si había ido a ver a Denny. Le contesté que lo hiciera ella y volví a acostarme. Estaba casi dormido cuando Rita empezó a gritar.
>>Me levanté y entré en la habitación. El crío estaba acostado boca arriba, muerto. Blanco como la harina excepto donde la sangre se había..., se había acumulado, por efecto de la gravedad. La parte posterior de las piernas, la cabeza, las... eh... las nalgas. Tenía los ojos abiertos. Eso era lo peor, sabe. Muy dilatados y vidriosos, como los de las cabezas de alce que algunos tipos cuelgan sobre la repisa. Muerto boca arriba. Con pañales y pantaloncitos de goma porque durante las últimas dos semanas había vuelto a orinarse encima (…).
NARRADOR:
Billings meneó la cabeza lentamente y después volvió a ostentar la misma sonrisa gomosa, grotesca.
BILLINGS:
—Rita chillaba hasta desgañitarse. Trató de alzar a Denny y mecerlo, pero no se lo permití. A la poli no le gusta que uno toque las evidencias. Lo sé...
DOCTOR:
—¿Supo entonces que había sido el coco?
NARRADOR:
Preguntó Harper apaciblemente.
BILLINGS:
—Oh, no. Entonces no. Pero vi algo. En ese momento no le di importancia, pero mi mente lo archivó.
DOCTOR:
—¿Qué fue?
BILLINGS:
—La puerta del armario estaba abierta. No mucho. Apenas una rendija. Pero verá, yo sabía que la había dejado cerrada. (…)
DOCTOR:
—Sí. ¿Qué sucedió después?
NARRADOR:
Billings se encogió de hombros.
BILLINGS:
—Lo enterramos.
NARRADOR:
Miró con morbosidad sus manos, que habían arrojado tierra sobre tres pequeños ataúdes.
DOCTOR:
—¿Hubo una investigación?
BILLINGS:
—Claro que sí. (…) Vino un jodido matasanos con un estetoscopio y un maletín negro lleno de chicles y una zamarra robada de alguna escuela veterinaria. ¡Colapso en la cuna, fue el diagnóstico! ¿Ha oído alguna vez semejante disparate? ¡El crío tenía tres años! (…) Un mes después del funeral instalamos a Shirl en la antigua habitación de Denny. Rita se resistió con uñas y dientes, pero yo dije la última palabra (…). No hay que sobreproteger a los niños (…).
>>Así transcurrió un año. Y una noche, cuando estoy metiendo a Shirl en su cuna, empieza a aullar y chillar y llorar. "¡El coco, papá, el coco!"
>>Eso me sobresaltó. Decía lo mismo que Denny. Y empecé a recordar la puerta del armario, apenas entreabierta cuando lo encontramos. Quise llevarla por esa noche a nuestra habitación.
DOCTOR:
—¿Y la llevó?
BILLINGS:
—No.
NARRADOR:
Billings se miró las manos y las facciones se convulsionaron.
BILLINGS:
—¿Cómo podía confesarle a Rita que me había equivocado? Tenía que ser fuerte.
NARRADOR:
Parecía haber perdido el hilo de sus pensamientos, y sus ojos se desviaron, inquietos, hacia la puerta del armario, que estaba herméticamente cerrada.
DOCTOR:
—¿Prefiere que la abra?
NARRADOR:
Preguntó Harper.
BILLINGS:
—¡No!

NARRADOR:
Se apresuró a exclamar Billings. Lanzó una risita nerviosa.
BILLINGS:
—¿Qué interés podría tener en ver sus zapatillas?
NARRADOR:
Y después de una pausa, dijo:
BILLINGS:
—El coco la mató también a ella.
NARRADOR:
Se frotó la frente, como si fuera ordenando sus recuerdos.
BILLINGS:
—Un mes más tarde (…). Una noche oí un ruido ahí dentro. Y después Shirl gritó. Abrí muy rápidamente la puerta... la luz del pasillo estaba encendida... y... ella estaba sentada en la cuna, llorando, y... algo se movió. En las sombras, junto al armario. Algo se deslizó.
DOCTOR:
—¿La puerta del armario estaba abierta?
BILLINGS:
—Un poco. Sólo una rendija. Shirl hablaba a gritos del coco. Y dijo algo más que sonó como <>. (…) Rita vino corriendo y preguntó qué sucedía. Le contesté que la habían asustado las sombras de las ramas que se movían en el techo.
(…)
DOCTOR:
—¿Miró dentro del armario?
BILLINGS:
—S-sí.
NARRADOR:
Las manos de Billings estaban fuertemente entrelazadas sobre su pecho, tan fuertemente que se veía una luna blanca en cada nudillo.
DOCTOR:
—¿Había algo dentro? ¿Vio al...?
BILLINGS:
—¡No vi nada!
NARRADOR:
Chilló Billings de súbito. Y las palabras brotaron atropelladamente, como si hubieran arrancado un corcho negro del fondo de su alma.
BILLINGS:
—Cuando murió la encontré yo, verá. Y estaba negra. Completamente negra. Se había tragado la lengua y me miraba fijamente. Sus ojos parecían los de un animal embalsamado: muy brillantes y espantosos, como canicas vivas, como si estuvieran diciendo <>.
NARRADOR:
Su voz se apagó gradualmente. Un solo lagrimón silencioso se deslizó por su mejilla (…). El doctor Harper consultó su reloj digital embutido en su mesa. Lester Billings estaba hablando desde hacía casi media hora.
DOCTOR:
—Cuando su esposa volvió a casa, ¿cuál fue su actitud respecto a usted?
BILLINGS:
—Durante los primeros cuatro o cinco meses que siguieron a la desgracia estuvo bastante mustia..., arrastraba los pies por la casa, no cantaba, no veía la TV, no reía. Yo sabía que se sobrepondría y… quiso otro bebé.
NARRADOR:
Agregó, con tono lúgubre.
BILLINGS:
—Le dije que era una mala idea. Le dije que era hora de que nos conformáramos y empezáramos a disfrutar el uno del otro (…).
DOCTOR:
—¿El bebé nació al finalizar el año que siguió a la muerte de Shirl?

BILLINGS:
—Exactamente. Un varón. Le llamó Andrew Lester Billings. Yo no quise tener nada que ver con él, por lo menos al principio (…).
>>Sin embargo terminé por cobrarle cariño, sabe. Para empezar, era el único de la camada que se parecía a mí (…).
>>(…) cuando cumplió un año nos mudamos a Waterbury. La vieja casa tenía demasiados malos recuerdos.
>>Y demasiados armarios.
 (…)
>>[Pero] el año pasado (…). Algo cambió en la casa. Empecé a dejar los zapatillas en el vestíbulo porque ya no me gustaba abrir la puerta del armario. Pensaba constantemente: ¿Y qué harás si está ahí dentro, agazapado y listo para abalanzarse apenas abras la puerta? Y empecé a imaginar que oía ruidos extraños, como si algo negro y verde y húmedo se estuviera moviendo apenas, ahí dentro.
(…)
NARRADOR:
Billings permaneció un largo rato callado. En el reloj digital pasaron dos minutos. Por fin dijo bruscamente:
BILLINGS:
—Andy murió en febrero. Rita no estaba en casa (…). Su madre había sufrido un accidente de coche un día después de Año Nuevo (…).
>>(…) Yo tenía una niñera excelente que estaba con Andy durante el día. Pero por la noche nos quedábamos solos. Y las puertas de los armarios porfiaban en abrirse.
NARRADOR:
Billings se humedeció los labios.
BILLINGS:
—El niño dormía en la misma habitación que yo. [pero](…), cuando cumplió dos años, Rita me preguntó si quería instalarlo en otro dormitorio. (…)
Y no quería mudarlo. Tenía miedo, después de lo que les había pasado a Denny y a Shirl.
DOCTOR:
—¿Pero lo mudó, verdad?
BILLINGS:
—Sí
NARRADOR:
Respondió Billings. En sus facciones apareció una sonrisa enfermiza y amarilla.
BILLINGS:
—Lo mudé.
NARRADOR:
Otra pausa. Billings hizo un esfuerzo por proseguir.
BILLINGS:
—¡Tuve que hacerlo! ¡Tuve que hacerlo! Todo había andado bien mientras Rita estaba en la casa, pero cuando ella se fue, eso empezó a envalentonarse. Empezó a...
NARRADOR:
Giró los ojos hacia Harper y mostró los dientes con una sonrisa feroz.
BILLINGS:
—Oh, no me creerá. Sé qué es lo que piensa. No soy más que otro loco de su fichero. Lo sé. Pero usted no estaba allí, maldito fisgón.
>>Una noche todas las puertas de la casa se abrieron de par en par. Una mañana, al levantarme, encontré un rastro de cieno e inmundicia en el vestíbulo, entre el armario de los abrigos y la puerta principal. ¿Eso salía? ¿O entraba? ¡No lo sé! ¡Juro ante Dios que no lo sé! Los discos aparecían totalmente rayados y cubiertos de limo, los espejos se rompían... y los ruidos... los ruidos...
NARRADOR:
Se pasó la mano por el cabello.
BILLINGS:
—Me despertaba a las tres de la mañana y miraba la oscuridad y al principio me decía: <> Pero por debajo del tic-tac oía que algo se movía sigilosamente. Pero no con demasiado sigilo, porque quería que yo lo oyera. Era un deslizamiento pegajoso, como el de algo salido del fregadero de la cocina. O un chasquido seco, como el de garras que se arrastraran suavemente sobre la baranda de la escalera. Y cerraba los ojos, pensando que si oírlo era espantoso, verlo sería...
(…)
NARRADOR:
Billings estaba pálido y tembloroso.
BILLINGS:
—(…) lo mudé. Verá, sabía que primero iría a buscarle a él. Porque era más débil. Y así fue. La primera vez chilló en mitad de la noche y finalmente, cuando reuní los cojones suficientes para entrar, lo encontré de pie en la cama y gritando: <>
NARRADOR:
La voz de Billings sonaba atiplada, como la de un niño. Sus ojos parecían llenar toda su cara. Casi dio la impresión de haberse encogido en el diván.
BILLINGS:
—Pero no pude.
NARRADOR:
El tono infantil perduró.
BILLINGS:
—No pude. Y una hora más tarde oí un alarido. Un alarido sobrecogedor, gorgoteante. Y me di cuenta de que le amaba mucho porque entré corriendo, sin siquiera encender la luz. Corrí, corrí, corrí, oh, Jesús María y José, le había atrapado. Le sacudía, le sacudía como un perro sacude un trapo y vi algo con unos repulsivos hombros encorvados y una cabeza de espantapájaros y sentí un olor parecido al que despide un ratón muerto en una botella de gaseosa y oí...
NARRADOR:
Su voz se apagó y después recobró el timbre de adulto.
BILLINGS:
Oí cómo se quebraba el cuello de Andy.
NARRADOR:
La voz de Billings sonó fría y muerta.
BILLINGS:
—Fue un ruido semejante al del hielo que se quiebra cuando uno patina sobre un estanque en invierno.
DOCTOR:
—¿Qué sucedió después?
BILLINGS:
Oh, eché a correr (…). Ya amanecía. Llamé a la policía aun antes de subir al primer piso. Estaba tumbado en el suelo mirándome. Acusándome (…).
NARRADOR:
Harper miró el reloj digital. Habían pasado cincuenta minutos.
DOCTOR:
—Pídale una hora a la enfermera. ¿Los martes y jueves? Señor billings, tenemos que conversar mucho (…). Pídale hora a la enfermera (…). Adiós.
NARRADOR:
Billings soltó una risa hueca y salió rápidamente de la consulta, sin mirar atrás.
La silla de la enfermera estaba vacía. Sobre el secante del escritorio había un cartelito que decía <>.
Billings se volvió y entró nuevamente en la consulta.
BILLINGS:
—Doctor, su enfermera ha...
NARRADOR:
Pero la puerta del armario estaba abierta. Sólo una pequeña rendija.
VOZ:
—Qué lindo
NARRADOR:
Dijo la voz desde el interior del armario.
VOZ:
—Qué lindo.
NARRADOR:
Las palabras sonaron como si hubieran sido articuladas por una boca llena de algas descompuestas.
Billings se quedó paralizado donde estaba mientras la puerta del armario se abría. Tuvo una vaga sensación de tibieza en el bajo vientre cuando se orinó encima.
VOZ:
—Qué lindo.



NARRADOR:
Dijo el coco mientras salía arrastrando los pies.
Aún sostenía su máscara del doctor Harper en una mano podrida, de garras espatuladas.



KING, Stephen, El umbral de la noche, Madrid: Debolsillo, 2016
Adaptación de Jesús I. Mateo.
Lectura a cargo de Jesús M., Cristina B. y Lorena M., del Departamento de lengua.
¡Gracias!




100 cuentos de la literatura universal


  1. A la deriva – Horacio Quiroga
  2. Aceite de perro – Ambrose Bierce
  3. Algunas peculiaridades de los ojos – Philip K. Dick
  4. Ante la ley – Franz Kafka
  5. Bartleby el escribiente – Herman Melville
  6. Bola de sebo – Guy de Mauppassant
  7. Casa tomada – Julio Cortázar
  8. Cómo se salvó Wang Fo – Marguerite Yourcenar
  9. Continuidad de los parques – Julio Cortázar
  10. Corazones solitarios – Rubem Fonseca
  11. Dejar a Matilde – Alberto Moravia
  12. Diles que no me maten – Juan Rulfo
  13. El ahogado más hermoso del mundo – Gabriel García Márquez
  14. El Aleph – Jorges Luis Borges
  15. El almohadón de plumas – Horacio Quiroga
  16. El artista del trapecio – Franz Kafka
  17. El banquete – Julio Ramón Ribeyro
  18. El barril amontillado – Edgar Allan Poe
  19. El capote – Nikolai Gogol
  20. El color que cayó del espacio – H.P. Lovecraft
  21. El corazón delator – Edgar Allan Poe
  22. El cuentista – Saki
  23. El cumpleaños de la infanta – Oscar Wilde
  24. El destino de un hombre – Mijail Sholojov
  25. El día no restituido – Giovanni Papini
  26. El diamante tan grande como el Ritz – Francis Scott Fitzgerald
  27. El episodio de Kugelmass – Woody Allen
  28. El escarabajo de oro – Edgar Allan Poe
  29. El extraño caso de Benjamin Button – Francis Scott Fitzgerald
  30. El fantasma de Canterville – Oscar Wilde
  31. El gato negro – Edgar Allan Poe
  32. El gigante egoísta – Oscar Wilde
  33. El golpe de gracia – Ambrose Bierce
  34. El guardagujas – Juan José Arreola
  35. El horla – Guy de Maupassannt
  36. El inmortal – Jorge Luis Borges
  37. El jorobadito – Roberto Arlt
  38. El nadador – John Cheever
  39. El perseguidor – Julio Cortázar
  40. El pirata de la costa – Francis Scott Fitzgerald
  41. El pozo y el péndulo – Edgar Allan Poe
  42. El príncipe feliz – Oscar Wilde
  43. El rastro de tu sangre en la nieve – Gabriel García Márquez
  44. El regalo de los reyes magos – O. Henry
  45. El ruido del trueno – Ray Bradbury
  46. El traje nuevo del emperador – Hans Christian Andersen
  47. En el bosque – Ryonuosuke Akutakawa
  48. En memoria de Paulina – Adolfo Bioy Casares
  49. Encender una hoguera – Jack London
  50. Enoch Soames – Max Beerbohm
  51. Esa mujer – Rodolfo Walsh
  52. Exilio – Edmond Hamilton
  53. Funes el memorioso – Jorge Luis Borges
  54. Harrison Bergeron – Kurt Vonnegut
  55. La caída de la casa de Usher – Edgar Allan Poe
  56. La capa – Dino Buzzati
  57. La casa inundada – Felisberto Hernández
  58. La colonia penitenciaria – Franz Kafka
  59. La condena – Franz Kafka
  60. La dama del perrito – Anton Chejov
  61. La gallina degollada – Horacio Quiroga
  62. La ley del talión – Yasutaka Tsutsui
  63. La llamada de Cthulhu – H.P. Lovecraft
  64. La lluvia de fuego – Leopoldo Lugones
  65. La lotería – Shirley Jackson
  66. La metamorfosis – Franz Kafka
  67. La noche boca arriba – Julio Cortázar
  68. La pata de mono – W.W. Jacobs
  69. La perla – Yukio Mishima
  70. La primera nevada – Julio Ramón Ribeyro
  71. La tempestad de nieve – Alexander Puchkin
  72. La tristeza – Anton Chejov
  73. La última pregunta – Isaac Asimov
  74. Las babas del diablo – Julio Cortázar
  75. Las nieves del Kilimajaro – Ernest Hemingway
  76. Las ruinas circulares – Jorge Luis Borges
  77. Los asesinatos de la Rue Morgue – Edgar Allan Poe
  78. Los asesinos – Ernest Hemigway
  79. Los muertos – James Joyce
  80. Los nueve billones de nombre de dios – Arthur C. Clarke
  81. Macario – Juan Rulfo
  82. Margarita o el poder de Farmacopea – Adolfo Bioy Casares
  83. Markheim – Robert Louis Stevenson
  84. Mecánica popular – Raymond Carver
  85. Misa de gallo – J.M. Machado de Assis
  86. Mr. Taylor – Augusto Monterroso
  87. No hay camino al paraiso – Charles Bukowski
  88. No oyes ladrar los perros – Juan Rulfo
  89. Parábola del trueque – Juan José Arreola
  90. Paseo nocturno – Rubem Fonseca
  91. Regreso a Babilonia – Francis Scott Fitzgerald
  92. Solo vine a hablar por teléfono – Gabriel García Márquez
  93. Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril – Haruki Murakami
  94. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius – Jorge Luis Borges
  95. Tobermory – Saki
  96. Un día perfecto para el pez plátano – J.D. Salinger
  97. Un marido sin vocación – Enrique Jardiel Poncela
  98. Una rosa para Emilia – William Faulkner
  99. Vecinos – Raymond Carver
  100. Vendrán lluvias suaves – Ray Bradbury